América Latina, ante la encrucijada de una Segunda Guerra Fría
Carlos Morales Peña
¿Estados Unidos o
China? ¿Ninguna de las dos superpotencias? o ¿Las dos, pero en diferentes
tiempos e intereses? Ante la declarada Segunda Guerra Fría entre Estados Unidos
y China, América Latina enfrentará en los próximos meses una difícil
encrucijada. El creciente enfrentamiento geopolítico abierto entre las dos
superpotencias está obligando a los principales bloques de países a definir su
posición respecto de cuál de ellas tomará la posta del poder hegemónico global
en este complejo e incierto siglo XXI.
En gran medida, un
enfoque pragmático que lleve a un distanciamiento estratégico frente al
conflicto entre los contendientes globales puede generar mejores resultados
y mayores beneficios para una región que, en la segunda década de este siglo, se
muestra fragmentada, con economías débiles, con profundas brechas sociales y
una democracia en franco retroceso.
No será fácil. La
historia señala con claridad que las tensiones geopolíticas suben a tal punto
que no dejan muchas opciones de elección, especialmente para los países más
vulnerables y necesitados de recursos financieros e inversiones extranjeras.
La experiencia
histórica de los alineamientos latinoamericanos -estatales o sectoriales- detrás
de potencias en pugna por la hegemonía, ya sea por intereses comerciales,
políticos o militares, señala que los costos de seguir a una potencia siempre
resultaron más altos que sus beneficios.
Especialmente desde
la década de los años 60 del siglo XX, el intervencionismo estadounidense en la
región significó una extensa y dolorosa historia de golpes de Estado,
represiones y decisiones “imperiales” cuyas heridas siguen latentes en la
memoria de los latinoamericanos.
La influencia del
bloque soviético, y en particular del “internacionalismo” cubano, también
impulsaron intervenciones políticas y militares con altos costos para la región.
Pero de una
superpotencia nos fuimos a otra superpotencia, China, que inclina el tablero
gracias a su enorme poderío económico.
Según los enfoques
ideológicos de sus líderes y por fuertes intereses económicos, gobiernos de
América Latina ya tomaron posición respecto de China, especialmente, por sus
inversiones en materia de infraestructura y explotación de materias primas.
Abiertamente, en las
últimas dos décadas, los gobiernos del denominado Socialismo del Siglo XXI, con
Venezuela a la cabeza, abrieron rápidamente las puertas a la influencia de
Pekín en la región. Siguieron la misma línea Bolivia (durante la gestión del
MAS), Nicaragua, Cuba, por afinidad política, pero también Brasil, Argentina,
Perú, Ecuador y Colombia, por cálculo económico.
Pero las inversiones
chinas han generado deudas multimillonarias. Venezuela le debe más de 67.000
millones de dólares, Brasil casi 29.000 millones, Ecuador 18.400, Argentina
16.900 y Bolivia unos 2.500 millones (ver infograma).
En este contexto, la
tensión Estados Unidos-China se acrecentará y con ella la presión de ambos
gobiernos para que los liderazgos regionales se definan por una u otra potencia
hegemónica.
Hoy, la desventaja para
América Latina es que no tiene una voz común, como la tiene en gran medida la
Unión Europea, pese a su debilitamiento por el Brexit del Reino Unido. Los
procesos de integración de la región latinoamericana no han logrado el objetivo:
Mercosur, ALBA, Celac y Alianza del Pacífico quedaron a medio camino,
fundamentalmente, por diferencias ideológicas y estratégicas.
En 2019, la
población total estimada de América Latina y el Caribe era de aproximadamente
629 millones de habitantes, frente a los 1.393 millones de China, los 328
millones de Estados Unidos y los 446 millones de la Unión Europea.
La subregión más
poblada es América del Sur. En la parte sur del continente americano viven
aproximadamente 425 millones de personas, mientras que América Central y el
Caribe albergan a un total de 77 millones de habitantes. La población de
México, país que se sitúa geográficamente en América del Norte, fue estimada en
alrededor de 126 millones en 2019.
Como bien dice el
sociólogo boliviano, Fernando Calderón, el gran drama de la región es que no visualiza
que dividida como está hoy es mucho menos influyente para pelear por sus
intereses en una globalización cada vez más desafiante.
“Los países de la
región no entendemos que vamos a ganar más si asumimos esa identidad
latinoamericanista, tarea que queda para un horizonte de futuro”, señaló Calderón durante una entrevista con
especialista argentino, Andrés Kozel.
Entre guerras
En diversas etapas, Estados
Unidos y la entonces Unión Soviética protagonizaron entre 1947 y 1991 una feroz
Guerra Fría con enfrentamientos militares, económicos y tecnológicos en
diversos puntos del planeta.
Representaban ambas
naciones a bloques antagónicos que defendían dos sistemas políticos, sociales y
económicos radicalmente diferentes. El primero, junto a los países europeos,
propugnaba el modelo capitalista y la democracia liberal; mientras que, el
segundo, defendía el modelo comunista y una economía socialista. La caída del
Muro de Berlín, en noviembre de 1989, y el posterior desplome de la exURSS a
fines de 1991, producto de presiones externas e internas, representaron la
caída de uno de los mayores bloques de naciones de la historia.
Se consolidó,
entonces, la hegemonía de Estados Unidos como la potencia política, militar y
económica más grande del mundo, proceso que duró relativamente pocos años.
Por diversos
factores, esa hegemonía se ha puesto en entredicho y hoy asistimos a un
incuestionable declive del poder estadounidense a escala internacional.
El golpe que le
asestó el terrorismo yihadista en septiembre de 2001, la incapacidad de su
sistema militar para controlar posiciones en el escenario mundial, la serie de
crisis que enfrentó su economía y el desplome de la confianza internacional
respecto del liderazgo estadounidense son parte de esa decadencia.
El retiro de Estados
Unidos del escenario internacional, el giro hacia una política nacionalista y
aislacionista, y la pérdida de posiciones frente a China se acentuaron durante
la gestión de Donald Trump bajo la bandera del “America First” (Estados Unidos
primero).
Pero lo que puso más
en duda su poder global fue el ascenso de otras potencias económicas, políticas
y militares, que plantearon la posibilidad de establecer un mundo multipolar.
En particular, la consolidación de China como segunda potencia económica global
y su desafío de cuestionar la hegemonía global terminaron de señalar la amenaza
que pesa sobre el reinado del denominado “imperio estadounidense”.
Aunque Estados
Unidos sigue siendo la principal potencia militar del mundo y continúa teniendo
la economía más poderosa del planeta, lo cierto es que China sigue sumando
puntos para desafiar ese poderío.
A tal punto que
China avanzó significativamente en el plano económico y diplomático en
territorios donde tradicionalmente Estados Unidos tenía la influencia
dominante, como América Latina y África.
La Guerra Comercial
iniciada por ambas potencias en 2018, la guerra de posiciones militares en el
Pacífico Sur y el conflicto desatado social y político en Hong Kong terminaron
por cristalizar la bipolaridad en la que hoy se encamina el actual orden geopolítico
internacional.
La tensión subió de
tono por la pugna por el control de la tecnología de las telecomunicaciones
5-G, lo que llevó a sanciones directas contra las empresas chinas Huawei y Tik
Tok, sospechadas de extraer miles de millones de datos para el Ejercito Popular
Chino a través de “tecnologías inteligentes”.
La situación se
agravó en 2020, con la crisis global por la pandemia del COVID-19. Las
sospechas de que China no informó a tiempo a la Organización Mundial de la
Salud (OMS) sobre la aparición del virus en sus mercados de Wuhan y las teorías
conspirativas de que Pekín pudo haber creado el virus con objetivos militares
en el marco de una temible Guerra Biológica, encendieron las alarmas en los países
occidentales.
Durante la última
comparecencia del secretario de Estado, Mike Pompeo, no quedaron dudas del giro
que ha dado Estados Unidos en su estrategia hacia China.
Lejos quedó el
deshielo promovido por el expresidente Richard Nixon quien, en 1972, realizó la
histórica y sorpresiva visita a China, y marcó el inicio de una extensa y fructífera
relación política y comercial en las últimas cuatro décadas. El actual
congelamiento no se parece a una pausa, sino al inicio de un nuevo incierto
ciclo, mucho más incierto, inestable y peligroso para el mundo entero.


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